Nocturno uno

Corre el chaval por la empinada cuesta.

Llega a la límpida quebrada y se acurruca detrás de la lisa y colosal piedra.

Espera paciente que la bella niña llegue a la infaltable cita de abrevar sus terneros. Ella lo sorprende y él se incorpora apenado. Sus miradas se cruzan en medio de la elocuente ausencia de palabras. La melódica quebrada tiene múltiples mini cascadas y él quiere enseñárselas. Corren por la orilla. El pequeño salta a uno de los charcos y toma un puñado de agua que pone en las manos dispuestas de su princesa. Lo repite una y otra vez, mientras ríen, ríen y ríen.

Son niños y una bella historia de amor comienza.